Hace unas semanas estuvimos participando del Programa de Formación en Gestión Cultural Pública que está llevando adelante, por segundo año, la Dirección Nacional de Formación Cultural.
Esta vez, fuimos docentes del segundo módulo para la región Patagonia norte. El año pasado habíamos dado el módulo de planificación cultural y el de innovación en la comunicación. Este año el módulo fue otro: “diagnósticos y mapeos culturales y sistemas de información cultural”.
Es un tema apasionante y una oportunidad que se nos presenta para aportar otros enfoques y herramientas a quienes deciden sobre las políticas culturales a nivel de gobiernos locales, provinciales o desde Universidades nacionales. Va aquí algo así como una reflexión sobre estos temas…

Diagnóstico: observar para actuar, para conocer qué caminos se pueden tomar, siempre en base a las necesidades y potencialidades locales específicas.
Pero… antes de entrar de lleno en herramientas y metodologías de diagnóstico (entre las que podrían destacar los mapas culturales y la generación de espacios horizontales de participación), creemos siempre interesante en las capacitaciones que damos introducir el importante cambio que está sufiriendo la cultura en estos últimos años. Porque será de entender bien este cambio de paradigma en cultura que podremos posicionarnos para observar ciertos patrones, prácticas y formatos de creación, distribución o participación cultural que hasta hace pocos años eran impensables.

Cambios en lo cultural que van ampliando la definición de cultura, que, además de las bellas artes o las disciplinas clásicas, comienza a englobar otras manifestaciones culturales y artísticas populares, no formalizadas, y muchas veces basadas en el patrimonio inmaterial. ¿Qué pasa en el territorio? ¿Llegan las políticas culturales a leer esas prácticas culturales que suceden de forma cotidiana, masiva y distribuída? Recién en los últimos años, con políticas públicas como los Pontos de Cultura de Brasil o el reconocimiento de los ejemplos de Cultura Viva Comunitaria, se ha comenzado a entender y valorar que en el territorio ya están pasando cosas: se trata de fortalecerlas para así aumentar la diversidad cultural existente en el territorio. Y es un hecho claro de cómo la cultura puede ser un factor de desarrollo humano, consolidando el tejido social y permitiendo la promoción comunitaria.

Otro ejemplo: el aumento en la diversidad de las posibilidades de distribución de lo cultural: ¿todavía dependemos de intermediarios para la distribución o la exhibición? La respuesta no llega a ser un “no” rotundo, pero en los últimos años se han multiplicado las vías para que el público pueda consumir, apropiarse o participar en los hechos culturales que le proponemos. La UNESCO ejemplifica el ciclo cultural como un proceso donde se interconectan las diferentes etapas de creación, producción y difusión de la cultura, que “pueden o no estar institucionalizados y pueden o no estar regulados por el Estado“.

Otro tema que también modifica el contexto donde se inserta la cultura: las “industrias culturales”. ¿Sirve este concepto para explicar la relación actual que existe entre economía y cultura? La teoría de la larga cola permite acceder y llegar a minorías especializadas que buscan (y encuentran) productos y bienes culturales específicos y que excede a las reglas clásicas de distribución de la cultura masiva o institucionalizada. El concepto de “economía creativa” surge, entre otras cosas, para explicar este pasaje y engloba diferentes sectores, desde los clásicos como las bellas artes o las industrias culturales para ir ampliando el zoom hasta encontrarnos con el patrimonio intangible y la cultura popular (fiestas locales, artesanías…), las manifestaciones culturales que toman como eje el espacio público (intervenciones urbanas) o las llamadas industrias creativas (moda, diseño, videojuegos, arquitectura…).

Y en el fondo de la cuestión: lo digital (que permea y potencia este cambio de paradigma y permite, cada vez más, la superación de la división entre creador activo y espectador/consumidor pasivo) y la cada vez mayor transversalidad e interrelación del campo artístico/cultural con otros ámbitos de conocimiento (como las ciencias naturales o la tecnología).

Si éste es el contexto… ¿se está trabajando desde las organizaciones públicas para dialogar con todo lo que pasa allí? ¿Están adecuadas las organizaciones culturales para surfear en esta ampliación en la definición de cultura? En la inmensa mayoría de casos, nuestros organismos de cultura generan acciones que se asocian a una visión folclorizante o de grandes eventos o espectáculos, dejando de lado mucha de la vitalidad y diversidad cultural existente en un territorio. Y, creemos, se está dejando pasar una oportunidad para hacer notar la creciente centralidad que las políticas culturales pueden tener entre el conjunto de las políticas públicas de un Estado, ya sea local o regional. Una creciente centralidad tanto por la ampliación en la definición de lo cultural como por la fuerza que tiene hoy el enfoque de desarrollo sostenible, aquél que supera el crecimiento económico y que le suma la inclusión social, lo ambiental y, también, lo cultural (el como cuarto pilar de desarrollo). La Agenda 21 de la Cultura, varios documentos de la UNESCO o los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU son documentos internacionales que van por ese camino. Necesariamente, el desarrollo a escala humana tiene que dialogar con los derechos culturales y con la diversidad cultural, para reconocer en la cultura un espacio de construcción de ciudadanía y para garantizar la libertad cultural, esto es, el poder elegir la identidad propia sin verse excluído por otras alternativas.

Si miramos atrás vemos la potencia que pueden llegar a tener las políticas culturales en una gestión política local o provincial. El contexto de creación cultural ha cambiado y el concepto de desarrollo engloba ahora visiones que ponen a lo cultural en el centro. Se trata de comenzar a pensar acciones, proyectos y programas que efectivamente entiendan a la cultura como factor de desarrollo (económico, sí, pero también social o urbano) y que permitan un mayor acceso a la cultura (siendo conscientes de las variadas barreras), una mayor participación ciudadana (tanto desde el uso y asistencia del público pero, fundamentalmente, desde la implicación de los agentes culturales en la definición de las políticas) y trabajando desde la memoria y la identidad (como base de una construcción contemporánea e innovadora).

Imágenes por Alan Molins, FB, 2017, https://www.facebook.com/alanmolins/posts/10213441543897911

Y aquí vemos la importancia que reviste, ahora sí, una esfera que hasta hace pocas décadas había sido menospreciada por las políticas culturales. “La diversidad cultural es tan necesaria para el género humano como la diversidad biológica para los organismos vivos“, decía la UNESCO en 2001. Si la diversidad es parte constitutiva de la cultura, entonces, desde los organismos públicos, se debe hacer lo posible para preservarla, potenciarla y hacerla sostenible. Pero cuando hablamos de diversidad no tenemos que pensar sólo en lo identitario/étnico, sino también pensar en los tamaños de los agentes (por ejemplo, ¿la escena local está monopolizada por pocos agentes culturales grandes?), por los diferentes sectores o contenidos que fluyen en ese sistema (lo clásicos serían el patrimonio, las bibliotecas, la formación artística…, pero ¿existen otros sectores que no se están teniendo en cuenta?) o la posibilidad de participación de diferentes agentes culturales en la definición de las políticas locales. En este punto podría entrar el concepto de “ecosistema cultural” para explicar esta coexistencia entre agentes, con vinculaciones horizontales (entre diferentes disciplinas) o verticales (propias de una misma cadena de valor), con conexiones locales pero también globales (facilitadas por internet), alrededor de diversas temáticas que muchas veces escapan lo estético o artístico y dialogan con otros ámbitos (género, medioambiente, espacio público..), con diversidad de identidades… Un concepto éste de “ecosistema cultural” que permite ver la totalidad del sistema cultural y la necesaria función e interrelación entre los nodos, sea cual sea su tamaño.

¿Y cuál es el rol de la Administración pública (gobierno local, provincial, Universidades…) en un ecosistema cultural? Si somos conscientes del cambio de paradigma cultural, del rol creciente que puede tener la cultura como factor de desarrollo y de la importancia de la diversidad cultural desde un enfoque de derechos, entonces, un organismo público debe entenderse como un elemento más en su ecosistema cultural. Debería fortalecer a los agentes culturales del territorio, públicos y privados; ofrecer garantías de expresión y difusión a todas las voces (poniendo en práctica el concepto de sostenibilidad cultural); provocar interacciones creativas, horizontales o con otros ámbitos de conocimiento; conectar ese ecosistema con la dimensión global; proteger aquellas expresiones más desfavorecidas, entre otras acciones que podría tomar… La Administración pública entendida como facilitadora, como catalizadora para que sucedan cosas en el territorio, para favorecer diferentes manifestaciones culturales, para hacer de puente entre diferentes disciplinas o sectores culturales, para hacer que sea a través de la cultura que se posicionen en la esfera pública determinadas temáticas de actualidad social (contaminación, violencia de género, etc.). Y haciendo énfasis, desde lo público, en aquéllos proyectos que repercutan más allá de lo económico y que lo hagan, principalmente, en el bienestar colectivo, permitiendo su remezcla y sus derivaciones por parte de la misma comunidad, generando espacios de participación impredecibles (algo difícil de entender ;) para un gobierno local o provincial), verdaderas grietas (krax!) donde se concentran energías y se permita el encuentro con “el otro”. De allí saldrán aportes verdaderamente innovadores que nos permitirán pensar otras políticas culturales que no sean universalistas y homogéneas, unos debates políticos donde entre, también, la cultura compartida y con impacto en la sociedad. Si lo que se quiere es fomentar la diversidad cultural, cuidarla y fortalecerla, tenemos que generar acciones que apunten hacia ello, y para eso hará falta abrir las ventanas de los gobiernos para que entre aire fresco…

Imágenes por Alan Molins, FB, 2017, https://www.facebook.com/alanmolins/posts/10213441543897911

Todo esto fue la base desde donde se dió el módulo 2 del Programa de Formación en Gestión Cultural Pública para unos 25 gestores culturales públicos de la norpatagonia. A partir de ahí entramos en los temas de diagnósticos y mapeos culturales y en lo que significa armar un sistema de información cultural. Pero dependiendo de los anteojos que tengamos puestos, veremos una o utra cosa, como las gafas de They Live. Entonces, si tenemos en cuenta a la cultura como factor de desarrollo y nos paramos desde un enfoque basado en la diversidad y en entender a la Administración como parte del ecosistema cultural, cambiará la forma como hacemos diagnósticos, qué tipo de mapas desarrollaremos o qué mediremos cuando pensemos en “lo cultural”. Queremos aportar en una apropiación de la palabra cultura desde lo común y desde un impacto integral, porque desde ese posicionamiento surgirán diversas políticas públicas culturales, otras formas de disponer y redistribuir los fondos públicos y de pensar cómo accederá y participará la sociedad en lo cultural. Tratamos de aportar en el pasaje de una noción de políticas culturales basadas en el enfoque clásico (“Ninguna cultura ha sido creada por el pueblo, toda cultura ha sido creada para él“, dijeron desde el Ministerio de Cultura francés en la década de los 60s, y se mantiene en cierta forma hasta hoy) a un enfoque más contemporáneo y consciente de esa diversidad presente en la sociedad (como decían desde la comisión de Cultura del 15M: “La política cultural no es la cultura. Las instituciones públicas no hacen la cultura“). Por supuesto que estamos mucho más cómodos con este último enfoque… :)